En la encrucijada de la vida nos encontramos frecuentemente con una intersección de cuatro esquinas. Al detenernos ante la señal de PARE, decidimos si continuamos en la misma dirección, cruzamos a la derecha o hacia la izquierda. Todo dependerá de cuál es nuestro destino. Pero hay ocasiones en las cuales queremos tomar atajos, pasar por alto las normas, y esto puede poner en riesgo la integridad de otras personas (transeúntes u otros conductores) y también la nuestra.
Deberíamos tomarnos un momento, reflexionar y hacer lo correcto: respetar las señales de tránsito, no omitir las luces del semáforo y prestar atención a lo que ocurre a nuestro alrededor, ya que nunca sabemos cuándo va a ocurrir un accidente. Respetar a la comunidad y las normas que la sociedad ha establecido, es necesario para el bienestar común.
En este ejemplo preciso, que está ampliamente reglamentado, debería ser más fácil evitar cualquier inconveniente, fuera de un desperfecto mecánico o de alguna situación demasiado imprevisible que nos cause un incidente.
No es el caso de la vida. En nuestro devenir se nos presentan desafíos emocionantes, circunstancias no tan agradables, compromisos ineludibles o situaciones difíciles que hacen que no sea tan sencillo seguir “las reglas”. A veces, ni siquiera hay normas que establezcan cómo debemos actuar. Otras veces nos encontramos en un dilema: ¿Qué debemos hacer? ¿Cuál sería la mejor decisión? ¿Cómo debemos proceder?
Muchas veces no tenemos a las personas en las que más confiamos a nuestro lado, para que nos guíen o nos aconsejen, o para que con objetividad nos ayuden a tomar una decisión en ese preciso instante. Es en ese momento cuando nuestros conceptos de bien y mal, correcto e incorrecto, debido e indebido, se convierten en nuestros paradigmas.
En nuestras familias, en nuestra crianza y en la etapa escolar, hay una educación tácita en los valores fundamentales. Incluso todas las religiones, a través de sus libros sagrados, fundamentan un código de comportamiento y de reflexión.
No podemos determinar cómo actuar en cada momento de nuestras vidas, pero hay recomendaciones que el sentido común nos indica y que vale la pena recordar:
• Tratar de hacer siempre lo correcto.
• Asumir las consecuencias al no actuar correctamente.
Es imposible proceder acertadamente todo el tiempo, pues somos seres humanos que cometemos infinidad de errores, pero sentir la serenidad que produce haber tomado la mejor decisión, definitivamente contribuye a nuestra tranquilidad y también al bienestar colectivo.
Reflexionemos siempre antes de proceder. No actuemos impulsivamente y recapacitemos sobre lo que estamos haciendo y si es lo que debemos estar haciendo. Meditemos sobre esta acción y si nos arrepentiremos de ella con el transcurso del tiempo. Finalmente, no olvidemos las razones por las que decidimos que esta era la mejor opción, cómo nos hace sentir con nosotros mismos, si seguimos sintiendo paz espiritual después de haber tomado esa resolución y si además de haber sido una buena decisión para nosotros, afecta positivamente a quienes están a nuestro alrededor.